Palo de orejas: “QUAHNACAZTLAN”, un viaje en bicicleta, siendo niño.

¡Que nadie intervenga! esta es una historia de dos amores.

Jaraguales” dorados danzantes, genes africanos perdidos en la sabana equivocada. Recuerdo que sonaban, silbaban, hacían canción con el viento, mágico. Eso recuerdo de entre el polvo y el viento de enero en la planicie, rodando. Siempre encima de las dos ruedas y la cadena. Siempre igual, así lo veía, lo sentía todo más y mejor, en el verano. Los Coyoles espinosos y los Papaturros a la orilla de cualquier camino, Mamones guapes a reventar esperando por manchar alguna otra camisa de la escuela y los aplausos de mi señora madre no se harían esperar, en el invierno.

En el verde de mil tonalidades del invierno, los maizales se apoderaron del más azul de los tonos, degradados a los tonos más verdes y saturados conforme me acercaba. La búsqueda de alguna rama de guácimo caída y seca era la tarea, en el verano, una carga de leña de monte sería un gran tesoro para la “jogonera” y su humo se convertiría en alguna olla de frijolillos overos diminutos que soltaban un caldo mágico, pura armonía producida por las manos del mejor Agricultor que conozco, “Chusco” -el perro zopilote-, mi tío.

En mi bicicleta legendaria, el regalo de un amigo y con el machete entre las barras, avanzo. Avanzo entre Malinches de fuego, sin exagerar aclaro, ya que dicen que a los Guanacastecos nos da por exagerar, “esos Malinches de fuego”, pensaba y seguía, #28 ambos, mi machete prestado y la bicicleta, re soldada, con remaches, sin frenos, valiente. En el invierno, el río Charco crecido y furioso con su paso acelerado hasta el Tempisque, avisa: ¡bajaron las Tilapias! es tiempo de asistir, la bicicleta se emociona, sus enormes y delgadas ruedas varias veces vieron saltar del agua a un “Tololo” furioso y en el mejor de los casos una Carpa, un Barbudo o una Tilapia, pescábamos por diversión, por estar juntos, mis amigos y yo. Mis primeros viajes tortuosos y cansados pero emocionantes, los últimos nostálgicos, al Tempisque lo mataron, el Charco ya ni crece, las Tilapias son historia, me encantaría ver crecer ese río de nuevo, con furia. Al Charco no se llegaba fácil, había varios caminos, había muchos “puntos”, principalmente las “trincheras”, corríamos peligros, más de los que se pensaban con aquella inocencia. Eran horas de luchar a pura pierna girando aquellas enormes ruedas por entre los cañales de Talolinga y la Bolsa Azul, todo por descubrir la guaca de las Tilapias, todo era mística pura.

En alguna poza, sacamos la carnada para los anzuelos, sardina o “chombos”, mientras alguno trepaba al palo de Guaba y surtía las “buchacas” de todos, dejando espacio a la eventual cantidad de Tilapias con que volveríamos a casa. Viajes de un día completo, pescando anécdotas siempre “a la cuerda”. De vuelta al pueblo, a la “rutina”, siempre había algo por hacer, entre los deberes de la escuela y los de la casa, en proceso de construcción o de deconstrucción mental a través de la naturaleza viva, las aventuras no se hacen esperar: la tentación de escaparse de clases en el verano para irse a “Acapulco”, la poza más mítica jamás imaginada, era real, hoy no, o a jugar bolinchas, trompos “al machetazo”, extremo. En la escuela, diariamente, “Mayu” me guardaba una empanada de queso y una de frijoles, sin olvidar el fresco de frutas en bolsa, cuando tenía plata le apostaba a unos quequitos rellenos de dulce de leche que vendían en el Estanco de la esquina. Entre la escuela y la casa siempre había estaciones de parada obligatoria, costaba llegar en esa bicicleta a casa, no había teléfonos celulares ni control alguno, la delegación de los policías en una esquina de la plaza, frente a la escuela, era la casa de un árbol importante, en cosecha era el árbol al que todos queríamos subir, el palo de Mamones que daba para que una catizumba de niños comiéramos y mancháramos nuestra ropa de la escuela, todo valía la pena. Continua el camino, con mucho calor pedaleando, amigable la gente del barrio saluda “al niño de los camanances”, la tentación de un buen chapuzón en el río estaba ganando, caía. Los primeros clavados, aprender a nadar y a jugar “la anda” en esas pozas profundas y hasta ver como tiraban mi bicicleta al río, una broma. La huida de las fincas de adonde nos descubría el capataz montando terneros, las salidas nocturnas para robar naranjas y mandarinas con sacos que nunca llenamos y hasta algún “lance” nocturno en algún punto de la loma preferida, La Plazuela. Nunca olvidaré el primer cigarrillo en medio de un “chagüite” interminable, Henry mi amigo lo consiguió, me pidió la “cleta” para ir a conseguirlo con el nerviosismo de ir a traer 100 kilogramos de la más prohibida e ilegal de las sustancias adictivas, era un cigarro Delta, una lija para las vírgenes gargantas. Los recuerdo a todos, a todos mis amigos y a sus bicicletas, cada uno y una con algo especial. Todo era “a escondidas”, libre, riesgoso-peligroso, más nunca mortal, motivante, todo en bicicleta.

Las mejengas multitudinarias en tardes de lluvia, las primeras barridas, goles y atajadas, aún existe en el pueblo la linda costumbre de llenar la plaza con los colores de camisetas no originales de todos los mejores equipos del mundo, un desfile de zapatos de futbol y de técnica de remate a marco. Ese era un día normal, uno rutinario, la jornada a punto de completarse. Hoy la bicicleta descansa, sigue conectada, guindada como volando, como voló por las llanuras, por los charcos, por los porteros y por los montes, de doble barra horizontal, “made in China” tenía otro significado en ella, remendada y absoluta.

Esta es una parte importante de la historia de nadie, descrita la vida de un niño sin años montado en una bicicleta, que conoció los colores que nunca más volverá a ver o al menos a identificar, la historia de un niño que aprendió a contar con semillas del árbol de Guanacaste, semillas que habría ido a recoger a la sombra de alguno de estos monumentos de vida, siempre montado en su bicicleta, la historia de un niño que recorrió sus alcances para hacerlos más grandes, sin pena ni gloria, solo consiguiendo ser feliz respirando el aire de la bajura de Guanacaste, lugar, espacio y tiempo que lo salvó, ¡qué dicha la de algunos!

 

Arquitecto Mauro Quirós Bustos.

Director de FOCUS taller de Arquitectura Experimental.

focus.tallerexperimental@gmail.com_N6A68532 (5)2 (7)12IMG_7038IMG_1861IMG_8120

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